Ahí estaba, la bodega llena de basura de computadoras, cintas y tazas para café empaquetadas, buscando el disco que contenía los passwords que necesito.
Algo me llamó la atención en la esquina superior de la pared, era como agua cristalizada. Me trepé al estante de micrófonos y convertidores de video, debí escalar 2 metros para llegar a la altura del plafón blanco, derretido. Alcé la mano para tocar con un dedo el material transparente.
Ahora, con la foto, imaginen lo mismo en un lugar sin agua.
